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FIRMA INVITADA

Mi primera Cámara

No recuerdo bien la edad que yo tenía cuando mi tío Manuel me regaló la que sería mi primera cámara. El regalo superaba todas mis expectativas, porque ni siquiera me había atrevido a soñar con poseer tal objeto a tan temprana edad, así que sospecho que no tendría más de nueve o diez años. 

La cámara ya estaba desfasada en ese momento. De hecho, el obsequio se debía a la renovación que mi tío había hecho en su equipo fotográfico, en cuyo moderno conjunto ya no cabía tal antigualla. Sin embargo, para mi aquello constituía la herramienta más sofisticada. Hacer fotografías me parecía una cosa exclusiva de adultos y, las pocas veces que había tenido ocasión de ver una máquina fotográfica de cerca o de tocarla, me había dado la impresión de palpar algo casi mágico. Hoy día, cuando todo es abundancia y cuando los niños empiezan a manejar un ordenador antes de comprender lo que tienen entre manos, sonará ridículo lo que voy a narrar a continuación, pero yo no me sonrojo, porque viví lo que correspondía a mi tiempo. 

La cámara me fue entregada una tarde y salí de inmediato a la calle para enseñársela, muy orgulloso, a mis amigos, pero con la precaución de no dejar que la manosearan demasiado, tan preciada y frágil consideraba mi pertenencia. Y esa sensación de estar manejando algo muy delicado llegó a su punto más alto cuando un compañero de juegos, al que sus padres habían regalado un defectuoso despertador de aquella época, de los de cuerda y timbre vigoroso, lo hizo sonar con estruendo. Instintivamente, alejé mi cámara del despertador, convencido de que el simple sonido dañaría su complejo sistema óptico. Luego, tranquilamente, en soledad, fui atreviéndome a escudriñar la cámara incluso por dentro y descubrí paulatinamente que aquel artilugio era mucho más resistente de lo que yo había creído. Para empezar, venía protegido por una funda de cuero (aunque antes no decíamos cuero, sino material) muy fuerte, era completamente metálico y la rosca que permitía ajustar el anillo de enfoque estaba lubricada con la más burda de las grasas, la misma que se utilizaba para los coches. Destapándolo, encontré que el obturador lo formaban unas cortinillas de tela que me recordaban a las de un teatro. Tenía fuelle, y el recorrido del tipo de película que admitía había que controlarlo por la parte de atrás, a través de unas ventanitas de colores rojo y verde que impedían el velado. Al positivar mi primer carrete me sorprendía que las imágenes no concordasen con lo que yo había observado por el visor. Por eso me preocupé de encuadrar en el futuro tomando como referencia las fotos fallidas: si en una escena en la que yo había visto al retratado al completo, luego en el revelado le faltaban las piernas de rodilla para abajo, yo ahora me distanciaba más, para compensar esa imprecisión. 

También había observado que, por mucho que yo centrara la imagen, ella salía luego sobrada por el lado izquierdo. De aquello deduje que debía desviarme hacia el lado contrario. Cuando hice el servicio militar descubrí que, sin saberlo, ya iba entrenado para corregir el tiro de mi fusil; tal era la equivalencia. En vista de todas aquellas dificultades, llegó  un momento en que lo que más ansiaba era una cámara réflex, con la que sí podría fiarme de lo que veía. Y al final la conseguí, pero guardando antes, cuidadosamente, mi reliquia. Paradójicamente, la réflex sí sufrió alguna que otra avería, mientras que la antigua continúa siendo indestructible. Qué lejos quedan mis miedos por la sonoridad de un inofensivo despertador y cómo estoy de seguro de que la utilización de mi máquina actual no tiene el encanto ritual de lo primerizo. 

JUAN UCEDA
Fotos: Jaime García Zaragoza

 
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